Cuando la principal amenaza de las artes visuales es la falta de políticas públicas
Esta semana participé de un ciclo de formación destinado a las artes visuales impulsado por una asociación sin fines de lucro. Durante seis horas, cerca de cincuenta artistas y agentes culturales de Neuquén, el Alto Valle y otras localidades de la provincia nos reunimos para trabajar sobre estrategia y sostenibilidad en las artes visuales, guiados por Herminda Lahitte, responsable de Galería Hache.
No fue únicamente una capacitación. Fue un encuentro. Y, en una escena tan activa como fragmentada, eso ya era mucho.
Desde la pandemia, gran parte de esta comunidad no había vuelto a compartir un espacio de intercambio de esa escala. Había artistas de Neuquén capital, Cipolletti, Centenario, General Roca y otras localidades, con recorridos, prácticas y proyectos muy diversos, pero atravesados por preguntas comunes que incluyen cómo sostener el trabajo artístico, cómo ponerle valor económico a la obra, cómo construir públicos, cómo circular, cómo profesionalizar una práctica sin perder de vista el deseo que la sostiene.
Durante el taller aparecieron problemáticas concretas, como la dificultad para acceder a información clara, la falta de espacios de encuentro, los altos costos de traslado y producción, la informalidad en los vínculos laborales, la debilidad de los circuitos de venta, la escasez de mediaciones entre artistas, instituciones y públicos, y la sensación de que muchas iniciativas valiosas existen de manera aislada, sin herramientas que permitan conectarlas y darles continuidad.
El diagnóstico no fue que “acá no pasa nada”. Al contrario, se entendió que hay producción, experiencia, proyectos, obras sólidas y una enorme capacidad de hacer. Pero existe un ecosistema incompleto, donde la voluntad individual intenta suplir casi todo lo que todavía no está organizado colectivamente ni sostenido por políticas continuas.
En ese contexto hicimos un ejercicio colectivo a partir de un cuadro FODA. La propuesta consistía en pensar la posible apertura de una galería en el centro de Neuquén e identificar sus fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas.
En esa última columna apareció rápidamente, casi como primera respuesta, la falta de políticas públicas. Fui yo quien propuso esa idea. Mindy me preguntó a qué me refería exactamente y, aunque respondí, al terminar sentí que mi explicación había sido demasiado liviana para una afirmación tan grande.
Esa incomodidad se quedó conmigo y no me dejó dormir en toda la noche. Por eso, me tomé el tiempo necesario para pensarlo en profundidad y escirbir lo siguiente. Como siempre, no hablo desde una verdad absoluta, hablo desde mi propia subjetividad, experiencia y lectura sobre la escena local y regional. Hablo desde mi lugar y rol de gestora y productora cultural independiente, con 20 años de práctica activa en la región.
Decimos con frecuencia que faltan políticas públicas para las artes visuales. Pero, si queremos que esa frase no sea sólo un diagnóstico repetido, abstracto y vacío de sentido, tenemos que animarnos a formular otra pregunta: ¿Qué políticas concretas necesitamos para que las artes visuales puedan crecer como industria cultural en Neuquén y el Alto Valle?
Y antes de eso, quizá haya otras preguntas todavía más incómodas: ¿Quiénes están pensando hoy las políticas públicas para las artes visuales en nuestra provincia? ¿Cuál es su diagnóstico sobre la escena? ¿Qué horizonte imaginan para artistas, galerías, espacios independientes, curadores, docentes, investigadores, productores, montajistas y trabajadores vinculados al sector? ¿Están pensando en nosotros?
No las planteo como preguntas retóricas, sinno como preguntas políticas.
Cuando una comunidad artística pasa años sin espacios de reunión, intercambio y construcción de agenda, hay que preguntarse qué función está cumpliendo el Estado. No para esperar que resuelva cada problema, sino porque su responsabilidad no puede limitarse a inaugurar muestras, anunciar convocatorias esporádicas o celebrar fechas culturales. Y esto no es un invento mío, lo comparto porque el comentario más escuchado dutante la jornada, fue que hacía años que no nos encontrábamos. AÑOS.
El Estado tiene la posibilidad, y sobre todo el deber, de construir condiciones de continuidad. De producir información, de convocar a mesas de trabajo, de escuchar a quienes sostienen la práctica cotidiana, de planificar más allá del calendario electora, de pensar qué necesita una escena para desarrollarse y no simplemente qué actividad puede exhibirse en una agenda mensual. Y seguramente un montón de etcéteras más.
En Neuquén contamos con museos, salas y organismos culturales. Contamos, incluso, con instituciones cuya misión incluye preservar, exhibir y poner en valor las artes visuales. Pero conservar patrimonio y programar exposiciones no alcanza, por sí solo, para desarrollar una escena.
Entonces vale preguntarnos ¿Qué función cumplen hoy los museos en relación con las artes visuales contemporáneas de la región? ¿Son sólo espacios de exhibición y guarda? ¿O pueden convertirse en instituciones activas en la formación de públicos, el acompañamiento a artistas, la investigación, la compra de obra, la producción de conocimiento, la mediación y la construcción de circuitos?
Un museo público no debería ser una isla prestigiosa dentro de una ciudad que no logra consolidar condiciones de circulación para sus propios artistas. Tampoco debería pensarse únicamente como el lugar al que se va a ver una muestra. Puede ser un articulador, un espacio que conecte escuela, universidad, artistas, galerías, coleccionistas, barrios, archivos, empresas, investigadores y comunidades. Puede producir encuentros, acompañar procesos de largo plazo, abrir sus colecciones a nuevas lecturas y asumir una participación activa en el desarrollo de la escena que habita.
No escribo esto esperando que el Estado resuelva por sí solo los problemas de una comunidad compleja, porque por sobre todo, para mí no funciona así. De hecho, gran parte de lo que hoy existe en las artes visuales de nuestra región fue construido desde abajo y por artistas, docentes, curadores, productoras, espacios autogestivos y gestoras culturales que sostienen una forma de política ciudadana. En charla con una colega, nos sorprendía decir “hace 20 años hicimos tal o cual cosa”. Y con tal y cual cosa, nos referíamos a espacios de encuentro, clínicas, residencias, laboratorios, etc.
Esa política ciudadana no siempre tiene nombre, presupuesto ni reconocimiento institucional. Consiste en abrir espacios de encuentro, acompañar trayectorias, acercar herramientas, producir redes, compartir información, defender proyectos, generar conversaciones y hacer visible lo que, de otro modo, quedaría disperso. Es trabajo comunitario y muchas veces, además, es trabajo ad honorem.
Pero no podemos seguir sosteniéndolo todo en soledad.
Resulta especialmente doloroso escuchar a funcionarias públicas señalar la falta de profesionalización de los artistas cuando, al acercar programas de formación concretos, pertinentes y hasta respaldados por patrocinio privado, esos proyectos quedan atrapados entre demoras, promesas, reuniones inconclusas y silencios. Es difícil aceptar ese diagnóstico cuando quienes lo formulan conducen estructuras y administran recursos que podrían ser parte de la respuesta, pero eligen no destinarlos a ese sector.
La profesionalización no ocurre por generación espontánea ni se resuelve con una exhortación dirigida a los artistas. Requiere acceso a formación, información, acompañamiento, redes, tiempo y condiciones materiales. Requiere políticas que entiendan que una práctica artística también necesita herramientas para sostenerse, circular y crecer.
Las funcionarias y los funcionarios no deberían olvidar que ocupan una función de servicio público. Su tarea no consiste solamente en representar una institución, administrar una agenda o anunciar actividades. Consiste en escuchar las necesidades de la comunidad a la que deben servir, generar condiciones y asumir responsabilidades frente a problemas que son colectivos.
Las gestiones autónomas podemos aportar experiencia territorial, conocimiento situado, redes de confianza y capacidad de acción. El Estado puede aportar estructura, continuidad, recursos y alcance. No son roles opuestos. Son responsabilidades que deberían encontrarse.
¿Alguien se preguntó porqué Neuquén no tiene Galerías de Arte abiertas al público como cualquier otro negocio? Una galería no es sólo un local con obras en las paredes. Es una estructura de mediación entre artistas y públicos, entre producción y circulación, entre obra y mercado, entre una escena local y otras geografías. Para que esa estructura pueda crecer necesita mucho más que voluntad privada. Necesita formación, información, marcos de trabajo claros, políticas de estímulo, acompañamiento a proyectos de largo plazo, vínculos con instituciones y públicos formados.
Una primera política posible sería dejar de pensar a Neuquén capital como una ciudad asilada o autónoma. Nuestra comunidad funciona en un territorio más amplio: Neuquén, Cipolletti, Centenario, Plottier, General Roca y otras localidades del Alto Valle comparten artistas, públicos, talleres, espacios, instituciones y problemas. Un programa regional de artes visuales, sostenido entre municipios y provincias, permitiría trabajar con esa realidad en lugar de ignorarla.
Ese programa podría incluir un circuito anual de exhibiciones en espacios públicos, privados y autogestivos; una agenda compartida; movilidad y seguros para el traslado de obras; producción de textos, mediación y comunicación profesional para cada muestra. No se trataría de inventar una gran estructura imposible, sino de conectar y fortalecer lo que ya existe.
También necesitamos políticas que acompañen a los espacios. Abrir una galería, un taller con programación pública, una residencia, una tienda de arte o un espacio de exhibición independiente implica asumir costos que hoy recaen casi por completo sobre quienes emprenden y ojo, ¡entiendo que así sea!. Pero al ser una sector que necesitan un empujón, podrían existir líneas de apoyo específicas para alquileres, adecuación técnica, iluminación, sistemas de seguridad, honorarios curatoriales, comunicación, seguros y producción de muestras. No como subsidios ocasionales que obligan a empezar de cero cada año, sino como programas de mediano plazo que permitan planificar y acompañar.
Una ciudad que quiere tener una escena de artes visuales no puede pedirle a sus galerías y espacios independientes que sobrevivan a fuerza de entusiasmo. La épica autogestiva tiene un límite muy claro, porque no paga honorarios, no cubre un seguro y no resuelve el desgaste de sostener un proyecto sin previsibilidad.
Otra política decisiva sería la compra pública de arte contemporáneo. Municipios, provincias, universidades, hospitales, empresas públicas y organismos estatales podrían destinar una parte de sus presupuestos a adquirir obra de artistas de la región mediante convocatorias transparentes y comités especializados. Eso permitiría conformar colecciones públicas contemporáneas, dar trabajo a artistas, enriquecer los edificios y evitar que el patrimonio regional quede siempre relegado a los márgenes.
Imagino un programa de arte para edificios públicos: obras y proyectos específicamente producidos para hospitales, escuelas, terminales, bibliotecas, centros comunitarios y oficinas estatales. Y no hablo de decoraciones, sino como una forma de producir acceso, mediación y pertenencia cultural. DERECHOS CULTURALES, ¿te suena?. El arte no debería aparecer sólo en los museos ni sólo cuando alguien ya sabe que quiere ir a verlo.
También hace falta pensar en los públicos y en el mercado sin pudor. Si no existen políticas de formación de públicos, difícilmente se consoliden coleccionistas, compradores institucionales o personas que incorporen el arte a sus vidas. Podrían desarrollarse programas de iniciación al coleccionismo, visitas guiadas a talleres, recorridos de galerías, ferias regionales con mediación y encuentros entre artistas, arquitectos, diseñadores, hoteleros, desarrolladores urbanos y empresas.
¿Por qué no imaginar, además, un sistema regional de incentivos para que empresas locales compren o comisionen arte? Un programa que reconozca a quienes incorporan obra de artistas patagónicos a sus espacios, financian producción, acompañan residencias o sostienen exhibiciones abiertas al público. Hay empresas que ya se vinculan con la cultura, pero ese vínculo suele depender de voluntades particulares. Una política pública podría convertirlo en una práctica más visible, más justa y más continua.
Nada de lo que digo lo estoy inventando, son situaciones que se pueden ver, existiendo y funcionando a lo largo del país. Quizás si algún funcionario el interesara el tema, también podría investigarlo.
La profesionalización también necesita infraestructura. Sería valioso contar con un centro regional de recursos para las artes visuales. Algo así como un espacio que concentre asesoramiento legal y contable, formación sobre contratos, derechos de autor, seguros, embalaje, conservación, comercio electrónico, exportación, precios y herramientas de circulación. Un lugar donde artistas y gestores no tengan que aprender todo a golpes de ensayo y error.
Y necesitamos información. ¿Cuántos artistas visuales trabajan hoy en la región? ¿Cuántos espacios de exhibición hay? ¿Qué tipo de producción se realiza? ¿Cuánto cuesta trasladar una obra desde Neuquén a Buenos Aires? ¿y desde Neuquén a Comodoro? ¿Cuántas personas compran arte local? ¿Cuáles son las condiciones laborales de quienes producen, montan, curan, fotografían, escriben, comunican y gestionan?
Sin datos, las políticas se diseñan desde intuiciones. Un observatorio regional de artes visuales podría relevar esa información, actualizarla periódicamente y transformarla en una herramienta para la toma de decisiones. ¡Dios! Se me cae la baba de solo pensarlo.
Nada de esto requiere copiar modelos otros ni importar estructuras que no dialogan con nuestro territorio. El Alto Valle tiene sus propias distancias, escalas, ritmos y modos de organización. Tiene una comunidad artística que ya produce, investiga, gestiona y sostiene redes. Lo que falta no es capacidad, sino que faltan condiciones para que esa capacidad deje de depender exclusivamente de la resistencia individual.
Tal vez la pregunta no sea si las artes visuales pueden constituirse como una industria cultural en Neuquén y el Alto Valle. Ya lo son, aunque de manera fragmentada, desigual y muchas veces invisibilizada. La pregunta es si quienes tienen la responsabilidad de diseñar, dirigir y ejecutar políticas culturales están dispuestos a reconocer esa realidad, sentarse a conversar con el sector y trabajar para transformarla.
Nombrar la falta de políticas públicas como una amenaza fue apenas el comienzo. El desafío es dejar de tratarla como una abstracción y empezar a exigir respuestas, presupuesto, continuidad, colaboración y una visión clara sobre el futuro de las artes visuales en nuestra región.
¡Gracias por leer!
Marina Cisneros
Artista visual y gestora cultural