Una experiencia como jurada me llevó a preguntarme por la honestidad de nuestras postulaciones, el uso de la inteligencia artificial y lo que estamos dispuestos a hacer para conseguir un lugar en la escena artística.
Este año, como los anteriores, participé como jurada de algunos salones de artes visuales. En uno de ellos, una de las obras que seleccionamos recibió una de las valoraciones más altas. Nos interesó su resolución, la materialidad que mostraban las imágenes y la relación entre los elementos que la componían. La elegimos convencidas de que merecía ocupar un lugar en la exposición y luego participar por la premiación.
Cuando llegaron las piezas, encontramos algo sustancialmente diferente de lo que habíamos evaluado. Las formas, las texturas, los colores y las terminaciones estaban MUUUUY lejos de las cualidades que habían sostenido nuestra decisión. Conozco las diferencias que puede haber entre una fotografía y una obra vista en persona, y lo que encontramos excedía ampliamente esa distancia.
Nos sentimos engañadas. Consideramos incluso la posibilidad de descalificar al artista y pensamos en las obras que habían quedado afuera, en ese lugar de exposición que podríamos haberle dado a otra persona.
Yo estoy furiosa. Lo digo así porque quiero escribir esta nota con la honestidad que también espero encontrar cuando alguien presenta su trabajo. Me indigna haber dedicado tiempo, atención y compromiso a evaluar una propuesta cuya presentación resultó tan distinta de las piezas recibidas. Me indigna por nuestro trabajo como juradas, por los demás artistas y por una escena que necesita cuidados.
Las imágenes nos hicieron sospechar del uso de inteligencia artificial para generar o modificar aquello que habíamos visto. Después de comunicarle mi malestar al artista, recibí una respuesta de su parte, en la que pidió disculpas, reconoció que las imágenes de obra y montaje habían sido alteradas mediante inteligencia artificial y atribuyó esas intervenciones a su equipo de comunicación, específicamente a quien cumplía la función de community manager. En su respuesta también asumió la responsabilidad por la presentación.
Ese reconocimiento cambió algo importante. La alteración mediante IA, que hasta entonces era una sospecha nuestra, quedó confirmada por el propio artista.
Su explicación, además, me abrió otras preguntas. Me resulta sumamente extraño que un community manager se encargue de postular la obra de un artista a un salón y que, dentro de esa tarea, llegue a modificar las imágenes que serán evaluadas. Una postulación implica decisiones sobre qué obra presentar, cómo comunicarla y qué información ofrecer para que otras personas puedan valorarla. Todo eso forma parte de la práctica profesional del artista y merece su atención directa, incluso cuando cuenta con asistencia para realizar el envío.
Puedo comprender que alguien delegue tareas administrativas o solicite ayuda para organizar sus materiales. La responsabilidad de revisar y validar lo que se presenta en nombre propio sigue siendo de quien firma la postulación, porque ahí se ponen en juego su obra, su autoría y la confianza de quienes la reciben.
Valoro que haya respondido y asumido esa responsabilidad. Mi indignación persiste porque las disculpas llegan después de una decisión tomada sobre imágenes alteradas, cuando el lugar de exposición ya fue asignado y otras obras quedaron afuera.
Desde entonces me acompaña una pregunta que desborda esta experiencia particular.
¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar las y los artistas para ganar un concurso?
Lo que ponemos a consideración de otros
No solo soy gestora y productora cultural, también y en primer lugar, soy artista. Me dedico a producir imágenes, a acompañar procesos y a trabajar con otros artistas. Sé cuánto esfuerzo puede requerir resolver una obra y también sé lo difícil que resulta, a veces, hacer un buen registro. Hay materiales que se resisten a la cámara, escalas que cuesta transmitir y experiencias que necesitan varias imágenes, un video o una explicación para poder comprenderse.
Justamente por eso, registrar una obra implica una responsabilidad. Elegimos cómo mostrarla para que otra persona pueda conocerla y tomar una decisión sobre ella. En una convocatoria, esa decisión puede traducirse en una selección, un premio, una adquisición o una oportunidad de circulación.
Cuando integro un jurado, parto de una confianza básica en la información que recibo. Entiendo que las imágenes corresponden a la obra presentada y que las cualidades que estoy valorando existen en ella. Sobre esa confianza leo, comparo, vuelvo a mirar y discuto con mis colegas.
Me molesta muchísimo pensar que ese compromiso pueda convertirse en una ventaja para quien presenta información alterada. Detrás de una evaluación hay personas trabajando, poniendo sus conocimientos y su criterio al servicio de una tarea que merece respeto.
Un registro puede estar muy bien realizado y mostrar una obra en toda su potencia. Ese es, precisamente, su propósito. El problema aparece cuando la intervención sobre la imagen le atribuye a la pieza cualidades que pertenecen exclusivamente a esa imagen. En ese punto, el jurado termina evaluando una realización diferente de la que después recibirá.
Entre imaginar una obra y haberla realizado
Quiero detenerme en algo que considero fundamental, y que cada convocatoria establece qué admite. Algunas seleccionan proyectos, acompañan procesos y financian producción; mientras que otras convocan obras terminadas para exhibirlas y premiarlas.
Cuando un salón solicita una obra realizada, corresponde enviar un registro fiel de esa obra. Presentar un proyecto o una visualización como si fuera documentación de algo terminado altera las condiciones sobre las que se evalúa.
Quienes producimos sabemos todo lo que sucede entre tener una idea y conseguir materializarla. En ese recorrido aparecen las dificultades del material, las pruebas, las decisiones técnicas, los costos y los límites de nuestros propios conocimientos. Muchas veces, la obra se vuelve interesante precisamente por lo que descubrimos mientras intentamos resolverla.
Por eso me resulta tan grave presentar una imagen que da ese recorrido por hecho cuando la pieza entregada muestra otra cosa. Se obtiene una valoración por una resolución que todavía falta alcanzar, mientras otros artistas presentan trabajos que ya atravesaron las exigencias de su realización.
También me pregunto qué espera quien presenta material en esas condiciones. ¿Que la diferencia pase inadvertida al recibir las piezas? ¿Que la selección ya esté tan avanzada que resulte más cómodo seguir adelante? ¿Que el reconocimiento conseguido alcance para dejar el asunto atrás?
¿Qué sentido tiene entrar a una exposición gracias a cualidades que después la obra es incapaz de sostener?
La amenaza también somos nosotros
Escucho a muchas personas hablar de la inteligencia artificial como una amenaza y entiendo la preocupación por sus efectos sobre el trabajo, la autoría y la circulación de las imágenes. Esta experiencia me hizo pensar especialmente en la responsabilidad que tenemos quienes usamos esas herramientas.
Para mí, la amenaza más concreta también somos nosotros, somos las personas que decidimos qué hacer con esas posibilidades, qué mostrar, qué explicar y qué hacer pasar por verdadero.
Hay alguien que elige una imagen, la incorpora a una postulación y la presenta de determinada manera. Hay alguien que debe verificar qué relación tiene esa imagen con su obra antes de ponerla a consideración de otros. La responsabilidad de esas decisiones sigue siendo humana, incluso cuando intervienen colaboradores o equipos de trabajo.
Entiendo y acompaño las prácticas artísticas que incorporan inteligencia artificial en sus procesos, por que por sobre todo, me interesa lo que puede abrir como herramienta de investigación, producción y pensamiento. Encuentro, al mismo tiempo, una diferencia ética fundamental entre utilizarla para operar desde el arte y utilizarla para falsear el registro de la propia obra, atribuyéndole cualidades y una resolución que solo existen en la imagen presentada.
En este caso, mi valoración de las piezas recibidas habría sido muy distinta y, con esas características, habrían quedado fuera de mi selección. Eso es lo que me indigna. Nuestra decisión se apoyó en cualidades que las imágenes mostraban y que la obra entregada estaba lejos de sostener.
Atribuirle todo a la herramienta resulta demasiado cómodo. Nos permite hablar de algoritmos mientras dejamos a un costado nuestras propias decisiones, nuestras ambiciones y los límites que estamos dispuestos a cruzar.
Lo que me preocupa es la facilidad con la que podemos empezar a justificar el engaño cuando produce un resultado conveniente. Que una imagen consiga convencer a un jurado puede demostrar su eficacia, pero la honestidad de la presentación exige otra discusión.
Una de las cosas que más me enoja es pensar en los demás artistas, en quienes prepararon sus postulaciones con cuidado, hicieron registros fieles y pusieron a consideración el trabajo que efectivamente tenían.
Conozco ese esfuerzo porque también lo hago. Sé lo que significa revisar una convocatoria, preparar archivos, escribir un texto, organizar los gastos y preguntarse si vale la pena volver a intentar. Sé que detrás de una carpeta o pdf puede haber meses o años de trabajo.
Los lugares son limitados y nuestras decisiones como juradas tienen consecuencias. Elegir una obra implica dejar otras afuera, aun cuando muchas tengan cualidades suficientes para participar.
Por eso me cuesta tanto tomar esta situación como una simple picardía o una desprolijidad de gestión, porque una presentación engañosa interviene en la distribución de oportunidades. Compite con el trabajo de otros desde condiciones que esos otros desconocen y que el jurado tampoco puede ponderar, porque recibe esas imágenes como documentación fiel de una obra.
Entiendo el deseo de ser seleccionado, de acceder a un premio y de sentir que algo del trabajo encuentra reconocimiento, y de hecho, lo comparto. Precisamente por eso me pregunto qué estamos dispuestos a hacer con ese deseo y qué lugar les dejamos a los demás cuando conseguir una oportunidad se vuelve más importante que responder por lo que presentamos.
También creo que esa responsabilidad continúa después de la selección. Celebrar públicamente un reconocimiento obtenido a partir de imágenes alteradas, omitiendo las circunstancias que lo hicieron posible, prolonga el problema. Asumir lo ocurrido implica revisar tanto la postulación como la manera en que ese resultado se incorpora al propio relato profesional.
Ahora, tenemos otro problema. Las reglas también necesitan cambiar
La experiencia dejó abierta una tarea que considero urgente y es que las insituciones necesitan construir protocolos que establezcan con claridad qué se admite como registro de obra, cómo debe informarse una intervención digital y qué procedimiento corresponde seguir cuando aparecen diferencias sustanciales entre lo presentado y lo recibido.
Me interesa que podamos distinguir una corrección necesaria para registrar fielmente una pieza de una intervención que modifica sus características y le atribuye otras. También necesitamos diferenciar la documentación de una obra, una simulación de montaje y una visualización de un proyecto. Cada una cumple una función distinta y requiere ser identificada como tal.
Las herramientas cambian y nuestras formas de cuidar los procesos de selección necesitan acompañar esas transformaciones. Dejar estas decisiones libradas al desconcierto del momento expone a los jurados, a los equipos organizadores y a todos los participantes.
Necesitamos criterios compartidos, instancias para solicitar explicaciones y procedimientos que permitan tomar decisiones fundamentadas. También necesitamos que cada artista conozca de antemano qué responsabilidad asume sobre sus archivos y qué consecuencias puede tener presentar un registro que altera sustancialmente la obra.
¿y QUé pasa con los cuidados?
Hablamos mucho de comunidad, de redes y de sostenernos entre colegas. Me interesa que esas palabras alcancen también el momento de completar un formulario, elegir una fotografía y enviar una obra.
Cuidar la escena implica asumir que nuestras decisiones afectan a otras personas, y también implica respetar el tiempo de quienes evalúan, el trabajo de quienes organizan y las condiciones en las que participan nuestros colegas.
Las instituciones también tienen responsabilidades. Sostener bases claras, procedimientos de revisión y disposición para abordar situaciones incómodas forma parte del cuidado de todas las personas involucradas.
Al mismo tiempo, me preocupa que terminemos convirtiendo cada selección en una investigación sobre la veracidad de cada archivo (odio esto!). Ese escenario agrega trabajo, consume recursos y deteriora la confianza que necesitamos para sostener estos espacios. El costo de una presentación engañosa se distribuye entre muchas más personas de las que aparecen en el formulario.
Estoy furiosa porque me importa lo que hacemos, porque amo mi trabajo de ser jurada, porque lo hago con mucho respeto y cuidado. Porque conozco el esfuerzo que cuesta sostener una práctica artística y porque creo que ese esfuerzo merece encontrarse con condiciones honestas de evaluación.
Para mí, profesionalizarse incluye hacerse responsable de la propia práctica, de los materiales que ponemos en circulación y de la manera en que buscamos reconocimiento. Incluye responder por lo que presentamos, incluso cuando delegamos parte del trabajo.
Una selección puede sumar una línea al currículum, pero la forma en que conseguimos ese lugar habla de cómo elegimos ejercer como artistas y de qué vínculos estamos dispuestos a construir.
Comparto esta experiencia para abrir una reflexión sobre la responsabilidad en nuestras postulaciones y el cuidado de la escena artística. Preservo la identidad del artista y de la convocatoria, y mantengo en reserva las deliberaciones y la manera en que resolvimos la situación, por respeto al secreto de jurado.
Me quedo con una pregunta que también nos compromete como escena. ¿Qué estamos premiando si para ganar un concurso estamos dispuestos a traicionar la confianza que lo hace posible?
¿Y los textos y proyectos entregados por completo a una IA? Bueno, eso es para otra nota.
¡Gracias por leer!
Marina Cisneros
Artista visual y gestora cultural